sábado, 19 de marzo de 2011

AL PATRIARCA SAN JOSÉ


   



Hoy, 19 de marzo de 2011, a siete años de la fundación de Radio Cristiandad seguimos suplicando por el patrocinio de San José, al que hemos consagrado esta obra de la Propaganda de la Fe.

MEDITACIONES SOBRE LA DEVOCIÓN Y EL PATROCINIO DE SAN JOSÉ


PRIMERA MEDITACIÓN


MOTIVOS DE LA DEVOCIÓN A SAN JOSÉ

Punto 1. El primer motivo de devoción a San José es ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo.

Siendo en efecto nuestro Divino Maestro el modelo por excelencia de todo fiel cristiano, nada más justo que los que llevamos impreso su carácter sagrado, nos esforcemos en conformar a la suya nuestra conducta. Él mismo nos ha mostrado ser esta su divina voluntad con estas palabras: “Os he dado ejemplo, para que vosotros también hagáis, así como yo he hecho” (Juan, XXIII, 15).
Ahora pues, aunque el Espíritu Santo nos ha ocultado los testimonios particulares de respeto y de veneración que diera Jesús a José en los largos años de su vida familiar, nos ha dejado sin embargo revelado lo suficiente para formar de ellos un concepto el más elevado. Consta, en efecto, del sagrado Evangelio, que Jesús era tenido entre sus conciudadanos por hijo del artesano José, aprobándolo él mismo con su conducta. Consta además del mismo sagrado texto, que Jesús estaba sujeto (San Lucas, II. 51) a María y a José en su vivienda de Nazaret, desde los doce años de su edad hasta los treinta. Jesús, pues, honró en su vida mortal a San José, ya reconociéndole como padre suyo putativo, ya reverenciándole, obedeciéndole y amándole cual pudiera hacerlo el mejor de los hijos para con el mejor de los padres.
Considera ahora la sublimidad y grandeza del honor, de la veneración y del amor de Jesús hacia José, que se nos revelan en tales actos. Jesús, Hijo de Dios vivo, a quien se ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra, obedece sumiso a José durante largos años…. Jesús, cabeza de los Ángeles y de los hombres, respeta a José como si fuera su padre…. Jesús, en fin, de quien los Ángeles y Santos tienen a grande honra el ser ministros y siervos fieles, honra, sirve y ama a José como si fuese su superior…. ¿Quién imaginara jamás una honra igual a ésta? ¿Cómo podremos, pues, dejar de honrar también nosotros y de venerar a este gloriosísimo Patriarca?
Mas ¿Qué honra podremos tributaros, oh Santo sin igual, que sea digna de Vos? ¡Ah! aceptad nuestros pobres obsequios, y ya que tan poco valen, alcanzadnos la gracia de que sean cada día más dignos y de que crezca siempre en nuestro corazón la devoción y el amor hacia Vos.

Punto 2. El segundo motivo de devoción a San José es el ejemplo de la Santísima Virgen María.

Entre los sueños misteriosos con que Dios reveló al antiguo patriarca su futura grandeza, uno fue aquel en que vio cómo el sol y la luna le adoraban (Génesis, XXXVII, 9). Mas lo que fue para aquel antiguo patriarca un sueño, he aquí que San José lo vio convertido en felicísima realidad en la sujeción y obediencia con que Jesús y María le honraron en su vida sobre la tierra.
Si Jesús, en efecto, verdadero Sol de justicia, honró a San José como a Padre, aunque putativo, María, esa mística luna, que recibe y comunica a la tierra la luz del Sol, o sea la gracia de Jesucristo, honró también a San José obedeciéndole, amándole y sirviéndole cual puede hacer la mejor de las esposas con el más digno de los esposos.
Ella además, no sólo le reconoce y ama como a esposo suyo, sí que también como a padre nutricio de Jesús llamándole aún en público con este honrosísimo nombre. Y por aquí se puede conjeturar, si no comprender, cuál fue el amor, el respeto y la veneración con que la divina María distinguiría a su castísimo Esposo en todo el curso de su vida común y doméstica.
No, nunca ha habido en el mundo esposa alguna que más haya amado, ni mejor servido y obsequiado a su esposo, que María a José, aunque muy superior a él en dignidad y santidad. Así se porta movida del ejemplo de Jesús e impulsada por el sentimiento de su propio deber, no menos que por sus eminentísimas virtudes.
Cuando, pues, así ha honrado a San José la Madre de Dios y Madre nuestra, ¿no deberemos también hacer otro tanto los que queramos ser sus hijos?
Oh Patriarca santísimo, bien quisiéramos honraros y ser vuestros más fervientes devotos, pero…. ¡somos tan miserables!.... Alcanzadnos, pues, por María la gracia de saber honraros dignamente.

Punto 3. Otro de los motivos de devoción a San José es el ejemplo de nuestra Madre la Iglesia.

En el sueño en que el antiguo patriarca José vio cómo le adoraban el sol y la luna, vio también cómo once estrellas le adoraban (Génesis, XXXVII. 9), lo cual, si para aquel hijo de Jacob significó el homenaje que un día habían de tributarle sus once hermanos, respecto de nuestro santo Patriarca vino a presagiar cómo, después de Jesús y María, vendrían un día a inclinarse ante sus eminentísima dignidad, bien los once Apóstoles que siguieron fieles a Jesús, bien la universalidad de santos, o sea, la Iglesia Santa.
Cierto que durante muchos siglos no se dio en la Iglesia tan suntuoso culto a nuestro ínclito Patriarca, ocultándose en parte por justos motivos la brillantez de su gloria. Mas desde que plugo a la Providencia apartar los obstáculos que impedían dar a conocer al mundo las eminentísimas prerrogativas de San José, ¡cómo se ha visto felizmente realizado en él el sueño de las once estrellas, que adoraban al antiguo hijo de Jacob!
En realidad, de algunos siglos a esta parte la devoción a San José ha venido como a formar el carácter de los más grandes Santos. Así mismo muchos Sumos Pontífices, no sólo le han profesado cordialísima devoción, sí que también se han esmerado en ordenar a su favor nuevas demostraciones de culto público, con el fin de propagarla.
Estaba sin embargo reservado a la presente aciaga época el ver a San José sublimado por la Iglesia a un rango superior al de todos los demás Santos. A él en efecto le ha sublimado el título de Patrono de la Iglesia Católica, con que con aplauso universal de los fieles y para fomentar en sus corazones la devoción y confianza hacia él, le ha condecorado el inmortal Pío IX. Así ha creído el Papa deber honrar, después de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción de María, al que fue esposo virgen de esta Madre Virgen.
¿Qué más, pues, se puede desear, o qué mejor ejemplo y estímulo proponer para decidirnos a abrazar de todo corazón la devoción a San José como la más útil para nosotros y la más grata a los ojos de Dios, después de la de Jesús y María?
¡Oh Santo privilegiado! Aquí nos tenéis postrados a vuestros pies; sed nuestro protector y hacednos dignos de ser vuestros más fervorosos devotos.



SEGUNDA MEDITACIÓN

SAN JOSÉ EFICACÍSIMO PROTECTOR Y ABOGADO
PARA ALCANZAR UNA BUENA MUERTE

Punto 1. San José venerado en la Iglesia como abogado especial para alcanzar la gracia de bien morir.

“Está decretado a los hombres, dice el Apóstol (Hebreos, IX, 27), el morir una sola vez, y después el juicio”. Todos, pues, hemos de morir y dar cuenta hasta de cualquier palabra ociosa ante el Divino Juez, “el cual dará a cada uno el pago según sus obras” (San Mateo, XVI, 27). Y lo que es más, que ignoramos el cómo y el cuándo sucederá esto.Nada, pues, hay más importante para todos que el velar, y estar siempre preparados para aquella hora suprema, y alcanzar la gracia de bien morir. ¿Y qué medio más a propósito para obtenerla que acudir a San José y tomarle por protector y abogado para aquel terrible trance? En primer lugar, él es para toda clase de personas el más acabado modelo de una vida santa, como la mejor preparación para bien morir. A esto se añade su privilegio singular de haber expirado dulcemente en brazos de Jesús y María. Todo cuanto se diga, en efecto, de la muerte preciosa de los Santos es apenas comparable a este privilegio de San José. La Iglesia misma lo celebra con estas palabras: “¡Oh sin par, feliz y bienaventurado José, en cuya hora extrema os asistieron juntos y solícitos Cristo y la Virgen con plácida faz!”. Además lo celebra permitiendo celebrar la fiesta del feliz tránsito de San José, y que se le invoque como protector y abogado especial para alcanzar una buena muerte.
Cuando, pues, así honra la Iglesia a este glorioso Santo, ¿no significa esto que a su juicio goza delante de Dios de un favor especial para alcanzar la gracia de bien morir, y que quiere que también sus hijos le honren como a Patrono de la buena muerte? Así por lo menos lo han entendido y lo entienden los fieles hijos de esta divina Madre, al erigirle altares y establecer congregaciones para acudir a él como al abogado de los agonizantes. Y ¡cuántos favores y consuelos han recibido de él los que así lo han invocado!
Acudamos, pues, siempre a él con filial confianza, y no dejemos pasar día alguno sin pedirle la gracia de bien morir. Pidámosle que sea nuestro protector y abogado en aquella hora tremenda, en la que tan poco han de valernos los honores, los intereses y aún los mejores amigos de la tierra….

Punto 2. San José poderosísimo abogado de los agonizantes como padre adoptivo del Divino Juez.

“Desnudo, dice Job, salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré a ella” esto es, a la tierra o sepulcro. Y lo mismo nos sucede a todos los míseros mortales. Sí, todos nacimos desnudos, y desnudos iremos a parar en el sepulcro, sin que nos acompañen allá más que buenas obras o malas, para comparecer con ellas delante del Divino Juez.Cual, pues, sea la angustia de una alma próxima a comparecer en el tribunal de Dios con solas sus obras, tan pocas buenas y tantas malas, y tan mal reparadas, ¿quién lo puede explicar? Si a los menos tuviera a su favor algún abogado celestial, que la defendiera delante del Divino Juez… Esto, sin embargo, pueden esperar los verdaderos devotos de San José. No, él que tanto se gozó en su muerte con la asistencia de Jesús y de María, no permitirá que sus devotos mueran por lo menos sin su asistencia. Y con ella ¿cómo no esperar una sentencia favorable por más que los pecados se presenten entonces a su vista como ejército de enemigos, el más formidable?
Tal vez los tales pecados ya están perdonados, sólo que el demonio se complace en renovar su memoria para inducir a la desesperación. Y en tal caso, la asistencia de San José es para sus devotos moribundos el arco iris de paz, nuncio de apacible calma después de horrible tempestad.
O tal vez no estén aún perdonados por no haberlos confesado, o por haberlo hecho mal. Y aún en este caso es la asistencia de San José una de las más consoladoras esperanzas por la eficacia de su intercesión delante del Divino Juez. Éste, que mientras hay aliento de vida es todavía nuestro Redentor, bien puede hasta el último suspiro infundirnos tanto arrepentimiento, que baste para borrar en un momento todos nuestros pecados.
Sólo falta un intercesor bastante poderoso para aplacar su justicia, y mover su misericordia a conceder esta gracia. ¿Y quién mejor para esto que el glorioso San José? ¿Acaso hay quien pueda alegar mayores méritos delante del divino Jesús y de su Santísima Madre?
Acudamos, pues, a él y digámosle como en otro tiempo los egipcios a su antiguo Patriarca: ¡Oh glorioso San José! en vuestras manos está nuestra salvación: a Vos, pues, la encomendamos ahora para aquel momento, en que habremos de ser juzgados por el Divino Juez.

Punto 3. San José protector de los moribundos contra los ataques y ardides del demonio.

“Como león rugiente, dice el Apóstol San Pedro (I Pedro, V, 8), anda girando nuestro enemigo alrededor de nosotros, en busca de presa que devorar”. Lo cual hace principalmente en la hora de la muerte, ya agravando extraordinariamente los pecados, ya exagerando el rigor de la divina justicia, poniendo así el alma en peligro de desesperación y de perderse para siempre. Bien puede, empero, abalanzarse contra ella el infierno entero como ejército de gigantes; ¿qué podrá, si ella está bajo la protección y amparo de San José?Escogido ese Santo por Dios para burlar la astucia y humillar la soberbia del dragón infernal en cuantos obstáculos pudiera poner a la redención del mundo; son por demás dignas de admiración la suavidad y eficacia con que llevó a cabo este designio de la Providencia. Así que, mediante su matrimonio con María, fue ya como primero se ocultó al demonio el misterio de la Encarnación, ignorando así la divinidad del Hijo, y la integridad virginal de la Madre. Asimismo, mediante su obediencia al Ángel del Señor y su huída a Egipto, fue como libró a Jesús de la muerte decretada contra Él por Herodes, figura e instrumento del demonio. Mediante, en fin, su entrada a Egipto fue también como cayeron derribados los ídolos, como enmudecieron los oráculos, y el tirano de las almas fue encadenado, huyendo de allí los espectros infernales.
Cierto que todas estas victorias más pertenecieron al Niño Jesús que a José; también lo es, empero, que éste fue el instrumento escogido de Dios para así confundir al enemigo de las almas, ensalzándolo por lo mismo la Iglesia con el título, de “Vencedor del infierno” (Himno del Oficio).
Si, pues, tanto pudo José contra el demonio aquí en la tierra, ¿qué no podrá ahora contra él en el cielo, ahora que, asociado su nombre al de Jesús y de María, parece como disfrutar de un privilegio para librar de sus asechanzas a los agonizantes puestos bajo su protección?
Pidámosle, pues, con confianza que se digne asistirnos en la hora de la muerte, y ahora y hasta entonces no cesemos de repetir: Jesús, José y María, que expire en paz con vosotros el alma mía. Amén.

TERCERA MEDITACION

SAN JOSÉ,

PATRONO DE LA IGLESIA CATÓLICA

Punto 1. Honor debido a San José como Patrono de la Iglesia Católica.

Jamás en el transcurso de los siglos había honrado la Iglesia a Santo alguno como Patrono de la Iglesia Universal. Gobernada por el mismo Jesucristo, su Cabeza invisible, y puesta bajo la protección de su divina Madre, María; sólo a San Miguel Arcángel, a semejanza de la antigua Sinagoga, había venerado como a su custodio y Patrono Universal. Por lo que toca empero a los Santos, sólo había designado a algunos de ellos como patronos particulares, ora de los reinos o provincias, ora de las diócesis, ciudades o pueblos católicos.
Mas en el día 8 de diciembre de 1870 llegó el momento feliz en que fuera solemnemente proclamado Patrono de la Iglesia católica también un Santo; y éste es el gloriosísimo San José.
He aquí cómo se anunció este fausto suceso en el decreto publicado al efecto por mandato del Papa en Roma, para la ciudad y para el orbe:
“Siempre la Iglesia, por la sublime dignidad que Dios confirió a este fidelísimo siervo, tributó al beatísimo José sumo honor y alabanzas después de la Virgen Madre de Dios, Esposa suya, e imploró su intercesión en las angustias. Mas en estos tristísimos tiempos…. conmovido nuestro santísimo señor el Papa Pío IX por la lamentable condición de las cosas, con el fin de encomendarse a sí mismo y a todos los fieles al poderosísimo patrocinio de San José, le declaró solemnemente Patrono de la Iglesia católica”.
Desde este día, pues, a la manera que el antiguo Patriarca José, después que Faraón lo hizo dueño de su casa y gobernador de todos sus dominios, fue para los egipcios su virrey y salvador; y a la manera que nuestro santo Patriarca, después que Dios lo constituyó señor y príncipe de su casa y de sus posesiones, fue aquí en la tierra el guarda, protector y apoyo de Jesús y de María; así ahora he venido a ser, después de la solemne declaración del Papa, como el virrey y señor y el mejor guarda, protector y apoyo para la Iglesia católica y sus fieles hijos.
Si, pues, ya antes la Iglesia tributaba a San José “sumo honor y alabanzas después de la Virgen María”, ¿cuál será ahora la alabanza, gloria y honor que deberemos tributarle?
Después que a sus títulos y privilegios se le ha añadido el de Patrono de la Iglesia católica, ¿cómo podremos dignamente honrar a tan grande Santo?
Gloria, pues, honor y alabanza sea dada a San José. Y ya que tan poco valen nuestros obsequios para honrarlo como se merece, hagamos por que sea cada día más conocido, honrado y venerado en todo el mundo cristiano.
¡Que dicha si llegáramos a merecer delante de Dios el título de verdaderos devotos de San José!

Punto 2. Confianza que debe inspirarnos el Patrocinio de San José en medio de las tribulaciones de la Iglesia.

Figurada la Iglesia católica, en sentir de los Santos Padres e intérpretes sagrados, en aquella mujer vestida de sol que vio San Juan en su Apocalipsis; figurados asimismo los fieles cristianos en el hijo varón que dio a luz aquella mujer misteriosa; y figurados en fin los enemigos de la Iglesia y de sus hijos en el dragón descomunal bermejo de siete cabezas que quiso tragarse al nacer al hijo de aquella mujer, y que no habiéndolo logrado emprendió contra los dos una persecución de muerte; no parece sino al leer tales proféticas visiones, o que estamos ya, o que están próximos los tristísimos tiempos que deben cumplirse.
Lo cierto es que perseguida en todas partes la Iglesia por sus enemigos, se halla oprimida de tan graves calamidades, que los hombres impíos han llegado a creer que por fin las puertas del infierno prevalecen contra ella.
¡Cuanta confianza, empero, debe inspirarnos el Patrocinio de San José en medio de tales calamidades! Elegido y declarado solemnemente Patrono de la Iglesia católica por el Vicario de Jesucristo sobre la tierra; esta declaración debe ser para todo fiel cristiano una garantía cierta de que, según el orden de la Providencia, se hallan en este Santo todos los dones y gracias propios para llenar los fines para que fue así elegido.
Siendo, pues, éstos el encomendarse al Papa a sí mismo y a todos los fieles al poderosísimo Patrocinio de San José, y el de mover con más eficacia por sus méritos o intercesión la misericordia divina a que aparte de la Iglesia todos los males que de todas partes la conturban; ¿quién puede dudar que este Santo estará en disposición de conjurar tamaños males y calamidades?
Así como, pues, el antiguo Patriarca José, por la gracia que halló delante del Señor, libró a los egipcios de una muerte segura; y así como nuestro santo Patriarca salvó aquí en la tierra de todos los peligros a Jesús y a María mediante las gracias que para esto había recibido, así también debemos confiar que mediante el poder y gracia de que habrá sido revestido en el cielo como Patrono de la Iglesia católica, salvará una vez más a la madre y al hijo, esto es, al Papa y a sus miembros, a la Iglesia y a sus hijos, por más fuertes que sean sus mortales enemigos.
Imploremos, pues, confiados la protección de San José; roguémosle y volvámosle a rogar que ahora y siempre interceda por la Iglesia, por el Papa y por los fieles todos, seguros de que bajo su Patrocinio seremos salvos.

Punto 3. Confianza que debe inspirarnos el Patrocinio de San José como fieles soldados de Jesucristo.

Es deber sagrado de todo cristiano, como soldado que es de Jesucristo, no sólo estar siempre en vela contra sus enemigos, sino también soportar paciente los sufrimientos, y resistir con fortaleza los ataques a que está expuesto en su vida de lucha sobre la tierra. Tal es la condición indispensable para ceñir la corona del triunfo, pues que “no será coronado sino quien legítimamente peleare” (II Timoteo, II, 5).
Mas para esto en necesario un auxilio especial de la gracia, singularmente en estos tristes tiempos en que tan cruel y horrible guerra se ha declarado contra la Iglesia de Cristo. Y la necesidad de esta gracia la hacen más patente así las defecciones, por desgracia tan frecuentes en estos tiempos, como el furor y las astucia de nuestros implacables enemigos.
¿Qué medio, empero, mejor para obtenerla que acudir al Patrocinio de San José? Ya su conducta de otro tiempo es para nosotros un edificante estímulo para el presente. Una vez recibida de Dios la misión de custodiar y salvar a Jesús, por nada del mundo se dejó seducir sino que todo lo dejó, hogar, patria, parientes y amigos para cumplirla. Lejos asimismo de arredrarse por los sacrificios que esto exigía de él, todos al contrario los abrazó varonilmente, fatigas, viajes y destierro. Así nos enseñó como hemos de salvar a Jesús en nuestros corazones y en los de nuestros hermanos en medio de los peligros y luchas de este mundo.
Además del ejemplo, hay en San José el poder junto con la voluntad de alcanzarnos la gracia para obtener la victoria. La misión, en efecto, que Dios le ha confiado al declararlo por boca del Papa Patrono de la Iglesia católica, es la de ser, a semejanza del antiguo virrey de Egipto, el Príncipe de los cristianos, el sostén de la Iglesia, guía de sus hijos y firme apoyo de su pueblo; y también la de ser, a semejanza de Josué, más que grande en salvar a los escogidos de Dios, en sojuzgar a sus enemigos y en conseguirles la herencia de la gloria.
En las manos, pues, de San José está nuestra salvación, como en las manos de otro José, tipo de éste, estuvo antes la salvación de los egipcios.
En sus manos, por consiguiente, está el proporcionarnos a todos y cada uno de los fieles cristianos las gracias convenientes para luchar con ventaja contra nuestros enemigos y alcanzar la victoria. ¡Y con cuánta largueza y amor concede estas gracias a los que de veras se le encomiendan!
Pongámonos, pues, con entera confianza bajo el Patrocinio de San José, bien seguros que, después de haber triunfado con su ayuda de nuestros enemigos aquí en la tierra, seremos también con él coronados de gloria eterna en el cielo. Amén.